En los últimos años y muy especialmente este último año, se está produciendo un curioso fenómeno en la misma línea y con la misma falta de rigor científico y la misma falta de responsabilidad que el movimiento antivacunas: el movimiento antiestatinas.

Varias voces, muchas procedentes de profesionales sanitarios, están convenciendo a los pacientes de que no deben tomar pastillas para el colesterol, ya que las estatinas tienen muchos efectos secundarios, y que en vez de tomar pastillas, deben hacer ejercicio y cuidar su dieta.

Por desgracia, en la mayoría de los casos, la dieta y el ejercicio son necesarios, pero no son suficientes, para normalizar los niveles de colesterol.

Todos los medicamentos tienen efectos secundarios, las estatinas también, pero peores son los efectos secundarios del colesterol elevado, que en algunas personas pueden producir la muerte por infarto del corazón o por infarto cerebral.

El descubrimiento de las estatinas supuso un antes y un después en la prevención de los infartos y en el tratamiento de las personas que ya habían sufrido un infarto. Un clásico de las películas, en que alguien muere de un infarto después de reñir con su jefe, ha dejado de representar la realidad, y esto se debe por igual a los tratamientos de la hipertensión y a los del colesterol. Las estatinas han sido uno de los pocos grupos de medicamentos que han demostrado reducir la mortalidad en personas con riesgo vascular. ¿De verdad queremos desaprovechar el potencial de estos medicamentos?

Para prescribir un medicamento contra el colesterol, el médico tiene en cuenta muchos factores y no sólo la cifra de colesterol. Además, también hay que valorar si, además del colesterol, al paciente le pasa algo más, por ejemplo que tenga una diabetes no diagnosticada.

Por otra parte, la dieta y el ejercicio tardan meses y a veces años en mejorar la situación metabólica de la persona. Con una dieta, lo habitual es perder entre 10 y 15 kilos el primer año, y para conseguir esto se requiere constancia y esfuerzo. Lo mismo pasa con el ejercicio: una persona que no está entrenada necesita mucha voluntad y muchos meses para que su forma física mejore. A largo plazo es imprescindible mantener un peso normal a base de comida sana y ejercitarse, pero hasta lograr este objetivo, uno no puede estar expuesto al daño del colesterol.

¿Qué pasa con los productos naturales? ¿No son acaso mejores que las estatinas? Pues normalemente, no. Algunos productos que se publicitan como “naturales”, llevan en su composición lovastatina, que es una estatina con el mismo paso hepático que la simvastatina. Esto sucede con el más conocido de los medicamentos “naturales”, cuyo nombre no voy a mencionar, que lleva en su composición levadura roja. En efecto, este medicamento baja el colesterol, y lo baja porque contiene lovastatina. Es improbable que alguien que experimentó efectos secundarios con una estatina no tenga el mismo problema con el medicamento “natural”. Otros medicamentos “naturales” simplemente no hacen ningún efecto o no el suficiente para bajar una cifra peligrosa de colesterol.

¿No es entonces verdad que hay un complot de los laboratorios farmacéuticos para que la gente se gaste su dinero en productos que los envenenan? Es poco probable, ya que la simvastatina, por poner un ejemplo, cuesta menos de 3 euros al mes sin receta. Si nos vamos a la gama alta de las estatinas, la rosuvastatina (el famoso “crestor”), sale por unos 20 euros sin receta. Por cierto, este medicamento es ya un genérico y cuesta lo mismo la presentación de marca que la presentación genérica.

Como decía al principio, este último año el movimiento antiestatinas se está llevando por delante el esfuerzo de muchos profesionales sanitarios y la salud de muchas personas. Por ejemplo, me ha sucedido varias veces que me deriven pacientes para valorar tratamiento con praluent (el praluent es el “arilocumab”, un medicamento pinchado para el colesterol que a día de hoy es de dispensación hospitalaria y requiere informe de especialista), y que en la entrevista inicial descubra que, no es que al paciente no le hagan efecto las estatinas, sino que nunca ha llegado a tomarlas por miedo a sus efectos secundarios.

También es habitual que, después de haber dedicado tiempo y energía a explicarle a un paciente que necesita un medicamento para el colesterol, el paciente regrese a la revisión tan feliz, comentando que aún no ha iniciado el tratamiento o, lo que es peor, que otro profesional sanitario le recomendó que suspendiera de inmediato ese tratamiento puesto que era un “veneno”.

Este mismo mes, y esto no es un recurso literario, he recibido a un paciente de 45 años con hipercolesterolemia familiar que había sufrido un infarto masivo y que según sus propias palabras, nunca había tomado las pastillas para el colesterol recomendadas por su cardiólogo, ya que él llevaba una vida sana haciendo mucho ejercicio y tomando alimentos naturales no procesados.

Hay que valorar al paciente para saber por qué tiene elevado el colesterol, hay que confirmar que esa elevación de colesterol es real y no un fallo del análisis, y hay que dedicar un precioso tiempo de consulta a revisar la manera en que come el paciente y el tipo de vida que hace. También hay que dedicar tiempo a hacer recomendaciones dietéticas y a adaptar las dietas que se prescriben al paciente más allá de la famosa fotocopia ilegible en que se le recomienda tomar ensaladas y pesar la comida. Pero, después de todo esto, si el paciente tiene una situación clínica en la que necesita tomar pastillas para normalizar el colesterol, hay que convencerlo de que las tome. Con análisis periódicos para valorar su efecto y su posible toxicidad, con visitas programadas para reevaluar y ajustar el tratamiento, con recomendación dietética, valoración de composición corporal, valoración de ejercicio… Por supuesto que nunca está bien recetar una pastilla y desentenderse del paciente. Pero si esta persona necesita tomar una pastilla para el colesterol, debe tomarla, y es terriblemente irresponsable decirle que no la tome.

Así que, en resumen, un colesterol alto no suele bajar exclusivamente con dieta y ejercicio. Si su médico le ha hecho una valoración correcta y, con esa valoración le ha indicado que tome una estatina, lo más sensato es que usted se la tome.

by Ángeles Vidales Miguélez

Médico Especialista en Endocrinología y Nutrición, col 474706421

Registro sanitario 47-C21-035